Hace ya doce años que un joven piloto
español, asturiano para más señas, cambio la historia del automovilismo de este
país. Aquella temporada de 2003, el jefe de la escudería Mild Seven Renault F1
team, el italiano Flavio Briatore confió en Fernando Alonso para colocarle a
los mandos de uno de los monoplazas.

Aquella arriesgada apuesta, pronto
comenzó a dar sus frutos. Poco se hizo esperar el primer gran resultado del
español, en la segunda carrera de la temporada, el gran premio de Malasia,
contra pronóstico por no ser el mejor coche, aunque tuviera buenos mimbres, consiguió
la pole y en carrera consiguió su primer podio en fórmula 1 con un tercer
puesto.
Todos pensaron que sería flor de un día,
pero en el siguiente gran premio el de Brasil pese a una mala calificación y un
increíble accidente, tras otro de Mark Webber, consiguió una nueva tercera
plaza en el podio.

Poco tardó en mejorar sus propios
registros y en la carrera de casa, el gran premio de España y tras tener una
gran calificación siendo tercero, delante de una afición cada vez mas volcada
con el piloto asturiano consiguió su
mejor registro hasta el momento llegando a la segunda posición y a punto estuvo
de poner en jaque a un intratable Michael
Schumacher con su Ferrari.
El campeonato prosiguió para el español
con unos resultados más discretos y varios abandonos hasta que llegaron al gran
premio de Hungría el 24 de agosto. Un trazado el de Hungaroring, que se
adaptaba a las mil maravillas al coche de Renault con muchas curvas, alguna de
ellas rápidas y pocas rectas. El dominio de Fernando fue total y absoluto, consiguió
la pole y dominó la carrera de principio a fin sin dar opciones a ninguno de
sus rivales.

Esta se convirtió así en la primera
victoria de Alonso y de un piloto español en la historia de la fórmula uno. El
inició de una leyenda que aun puede agrandar si vuelve a tener un coche competitivo.

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